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 GUíA DE ESPECTACULOS - 13.06.2010 
El valor de la palabra
Neuquén > El 13 de junio de 1874 nacía en Córdoba el escritor Leopoldo Lugones, autor de “La guerra gaucha”, “Lunario sentimental” y “Crepúsculos en el jardín” , entre otras obras, quien además fue fundador de la Sociedad Argentina de Escritores y director de la Biblioteca Nacional de Maestros.
En su homenaje, se celebra hoy en Argentina el día del escritor.
Hablar de un solo literato o de algunos sería injusto para la mayoría ausente. Es por esto que a 200 años de la creación en este país,  lo que se intentará a continuación es llevar  a cabo un breve repaso por los distintos caminos que transitó la literatura criolla, desde sus orígenes hasta principios de nuestros días.
La literatura argentina tiene sus orígenes en la brutal conquista española de 1492. Los imperialistas traían consigo cronistas que redactaban y describían todos los acontecimientos que consideraban importantes para un público lector español.
Así es que se puede nombrar a Ulrico Schmidl con su escrito “Derrotero y viaje a España y a las Indias”, como el primer registro literario.
A medida que la población criolla crecía y su educación, de a poco se fortalecía, surgían los primeros destellos -aunque en forma embrionaria- de una literatura local en forma de cartas, epístolas y otros tipos de composiciones.
En la segunda mitad del siglo XVIII, aunque las autoridades españolas se empeñaban en restringir las noticias que llegaban de Europa a América, al puerto de Buenos Aires arribaban, ocultos en los barcos, todo tipo de libros.
La Revolución del 25 de Mayo de 1810 acabó con las restricciones y, cuando en 1812 se inauguró la primera biblioteca pública de Buenos Aires promovida por Mariano Moreno, en apenas un mes los habitantes de Buenos Aires donaron más de 2000 libros, lo que demuestra la avidez con que se leía en aquella época.
 
Literatura gauchesca
 
Las tensiones con la literatura francesa produjeron los fenómenos del criollismo, o literatura gauchesca, y la reivindicación de la literatura española. Hispanistas y gauchescos no formaron escuelas definidas ni coincidieron siempre en el tiempo; fueron más bien manifestaciones que tácitamente rechazaban la influencia francesa. Mientras los primeros apenas dejaron huellas en cuanto a cantidad y calidad de obras, a los segundos se los considera fundadores de la literatura argentina moderna.
Aunque el primer relato que merece, para muchos críticos, el nombre de «fundacional» fue escrito antes de mediados del siglo XIX por Esteban Echeverría (1805-1851), escritor y político liberal, de tendencia romántica perteneciente a la denominada Generación del 37. Su cuento “El matadero”, que describe una escena brutal de tortura y asesinato en los mataderos de ganado de Buenos Aires, es de un estilo realista infrecuente en la época. Echeverría escribió también el poema "La cautiva", de ambiente rural, pero de estilo culto y complejas resoluciones metafóricas y sintácticas.
La literatura gauchesca comienza con la obra del oriental Bartolomé Hidalgo. Sus "Cielitos", que hablan de la peripecia patriótica, van deviniendo después en poemas en los cuales se incorporan las primeras denuncias que continuarán en la voz de "Los tres gauchos orientales" y más tarde en la voz del "Martín Fierro" de José Hernández .
 
Siglo XX: literatura cosmopolita
 
 Normalizada la vida política, después de las guerras interiores y con el gobierno en manos de liberales, el país entra con gran pujanza en el nuevo siglo y la literatura se hace cosmopolita. El poeta, narrador y ensayista Leopoldo Lugones es la figura que representa este puente entre dos épocas. Influido por la poesía del nicaragüense Rubén Darío, escribió poemarios de elaborada retórica, cuentos y combativos ensayos. De su anarquismo inicial derivó hacia el nacionalismo autoritario, apoyó el primer golpe de Estado en el país (1930) y se suicidó en una posada en el delta del río Paraná.
Ricardo Güiraldes publica su "Don Segundo Sombra", novela rural que, a diferencia de Martín Fierro, no reivindica socialmente al gaucho, sino que lo evoca como personaje legendario, en un tono elegíaco.
En los años veinte, surge la polémica Florida-Boedo, entre lo que se conocería como Grupo Florida y Grupo Boedo. Ambos sectores aglutinan a la vanguardia. El Grupo Florida tiene entre sus miembros sobre todo a personajes de la élite económica, mientras que el Grupo Boedo se proclama como antivanguardista, más ligado a los problemas sociales y económicos de las clases trabajadoras, influido por el modelo realista de la literatura rusa, entre los que se destaca Roberto Arlt, aunque nunca se proclamó como perteneciente al Grupo Boedo. La polémica Florida-Boedo no es solamente de carácter económico, sino que refleja modos diferentes de concebir la literatura y la escritura; esto incluye las temáticas tratadas, el lenguaje utilizado, la función social que cada grupo le asigna a la literatura y los modelos literarios a seguir.
La hoja de divulgación del Grupo Florida se llamaría, significativamente, Martín Fierro, para algunos, un gesto "snob", para otros, la expresión del matiz criollista que quería subrayar el movimiento innovador. En ese periódico escribe Jorge Luis Borges, quien con el tiempo sería el más conocido fuera de las fronteras del país, y otros poetas clave, como Raúl González Tuñón y Oliverio Girondo (estos últimos, pertenecientes al Grupo Boedo).
 
Sábato, Cortázar y Gelman
 
En la década del cuarenta aparece una nueva vanguardia de la mano de Juan Jacobo Bajarlía junto a Gyula Kosice, Edgar Bayley, Carmelo Arden Quin y Tomás Maldonado, entre otros. Al mismo tiempo, se afirma la figura de Borges, a la vez que es cuestionada por su presunto «cosmopolitismo». Ernesto Sábato publica su primera novela, "El túnel", elogiada y premiada en Europa. Leopoldo Marechal publica varios libros de poesía y su "Adán Buenosayres" (1948).
Además publican poetas como Olga Orozco, Enrique Molina y Celia Gourinski, influidos por el surrealismo europeo; Alberto Girri, admirador de la poesía anglosajona, y Edgar Bayley, cofundador del «concretismo», de mayor gravitación en las artes plásticas que en la literatura.
Julio Cortázar edita sus primeros cuentos en los años 1950, el primero de ellos por gestión de Borges, y se autoexilia en París.
En esa década y en la siguiente, la vanguardia poética se reagrupa en la revista Poesía Buenos Aires, dirigida por Raúl Gustavo Aguirre.
El poeta Juan Gelman aparece como la figura más destacada de una poesía de tono coloquial, políticamente comprometida, que incluye a Juana Bignozzi y Horacio Salas, mientras Fernando Demaría se destaca por su lirismo íntimamente ligado a la tierra y al paisaje.
Destacan también en poesía, Rafael Squirru, Fernando Guibert, Joaquín Giannuzzi, Leónidas Lamborghini, Juan-Jacobo Bajarlía, Alejandra Pizarnik, Abelardo Castillo, Liliana Heker, Vicente Battista, Beatriz Guido, Bernardo Kordon, Juan José Manauta, Rodolfo Walsh, Adolfo Bioy Casares, de muy distintas ideas estéticas, que recorren una gama de estilos que va desde lo social hasta lo existencial y lo fantástico.
Entre las mujeres se encuentra el trazo de la poeta Alejandra Pizarnik. Una de las voces más representativas de la generación del sesenta y está considerada como una de las poetas  líricas y surrealistas más importantes de Argentina.
Su obra poética está representada, entre otras obras,  por "La tierra más ajena" en (1955), "La última inocencia"   (1956), "Las aventuras perdidas" (1958) y "Árbol de Diana" (1962) .

Una época oscura
 
Después de la dictadura militar de la historia local (1976-1983), en la narrativa se discuten nombres como los de Daniel Moyano, Ricardo Piglia, Manuel Puig, Antonio Di Benedetto, César Aira, Juan José Saer, Julio Carreras (h), Antonio Dal Masetto, Alan Pauls, Ana María Shua, Rodolfo Fogwill, Alicia Steimberg, Luisa Valenzuela, Alberto Laiseca, Osvaldo Soriano, Luisa Futoransky, Jorge Asís, Héctor Tizón, Rodrigo Fresán, Mempo Giardinelli, Alicia Kozameh, Reina Roffé, Cristina Feijóo, Susana Szwarc, Liliana Heker y poetas como Celia Gourinski, Arturo Carrera, Néstor Perlongher, Ricardo Zelarrayán, Susana Thénon, Irene Gruss, Diana Bellessi, Jorge Aulicino, Juan-Jacobo Bajarlía, Ruth Mehl, Fabián Casas, Santiago Sylvester, Horacio Castillo, María del Carmen Colombo.
Muchos de estos autores habían comenzado su actividad en los años anteriores a la dictadura; otros aparecen en los ochenta y noventa para reanudar la discusión literaria. El tono paródico en algunos de ellos, la ironía, la fantasía, el realismo y la épica, la gravedad o la liviandad, el minimalismo y la lírica intimista y feminista indican las tendencias y tensiones del momento histórico.


Victoria Ocampo
Escritora argentina (Buenos Aires, 1891 - San Isidro, 1979), hermana menor de la también escritora Silvina Ocampo, fue una   mujer cosmopolita y viajera que contribuyó de modo importante al desarrollo cultural del país. Por mediación de Ortega y Gasset, la escritora publicó en España su primer ensayo importante, "De Francesca a Beatriz" (1924).
A comienzos de 1931, contando con el apoyo de sus amistades intelectuales (Waldo Frank, el citado José Ortega y Gasset y Eduardo Mallea, entre otros artistas y escritores) fundó en Buenos Aires la "Revista Sur", que a lo largo de cuarenta y cinco años sería la más importante publicación periódica americana, por la amplitud de sus intereses, su cosmopolitismo y la prestigiosa personalidad de sus colaboradores.
Su producción más original es la serie titulada "Testimonios" publicada entre 1939 y 1977. Una obra en diez volúmenes que recoge sus reflexiones sobre la realidad política, social y cultural de su Argentina, y sus entrevistas con escritores, artistas e intelectuales, especialmente ingleses y franceses, mantenidas a lo largo de sus numerosos viajes.

Los hermanos sean unidos
El Martín Fierro  es un poema narrativo de José Hernández, obra literaria considerada ejemplar del género gauchesco en Argentina. Se publicó en 1872 con el título “El gaucho Martín Fierro”, y su continuación, “La vuelta de Martín Fierro”, apareció en 1879.
El libro narra el carácter independiente, heroico y sacrificado del gaucho. El poema es, en parte, una protesta en contra de las tendencias europeas y modernas del presidente argentino Domingo Faustino Sarmiento.
Leopoldo Lugones, en su obra literaria “El payador”, calificó a este poema como “el libro nacional de los argentinos” y reconoció al gaucho su calidad de genuino representante del país, emblema de la argentinidad.
Para Ricardo Rojas, representaba el clásico argentino por antonomasia. El gaucho dejaba de ser un hombre “fuera de la ley” para convertirse en héroe nacional.
Este libro ha aparecido literalmente en cientos de ediciones y fue traducido a más de 70 idiomas. La última fue al quichua, tras nueve años de trabajo, por Don Sixto Palavecino y Gabriel Conti.

 
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