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 ESPECTACULOS - 22.03.2009 
“El ser humano es más importante que la herramienta tecnológica”
Hervé Fischer, el creador del Arte Sociológico, expone su arte en la muestra “Universo Financiero”.
Por  Gladys Azpeytía

El artista es también filósofo y un estudioso de las derivaciones sociales del desarrollo de la aplicación de los códigos informáticos que rigen la vida cotidiana.

Neuquén > El mundo binario consume al mundo analógico, ese en el que habitamos todos los días, y lo va digiriendo para transformarlo en una versión aséptica con formato digital. Hervé Fischer, filósofo y artista, creador del Arte Sociológico, es un estudioso de las consecuencias del empleo de los códigos virtuales en la relaciones entre los hombres. Al mismo tiempo, es un defensor del rescate del ser humano, de sus valores y el pensamiento crítico.
Su experiencia y pensamiento se plasman en “Universo Financiero”, una serie de cuadros que se exhibe en el Museo Nacional de Bellas Artes (Mitre y Santa Cruz), con entrada libre y gratuita. Entre ellos se encuentra “Norte Sur”, una obra que el pintor creó especialmente para donar a la entidad cultural.
La inauguración de la muestra se realizó el pasado viernes, fecha que no fue casual, ya que coincidía con el Día mundial de la Francofonía. La presencia del artista y pensador fue promovida por el Centro Canadiense Comahue, que además, le permitió a Fischer recorrer la Patagonia. “Pude recorrer lugares hermosos, donde hay comunidades aisladas que pueden vivir ahí gracias a Internet”, recordó el artista. “Además, he visto paisajes hermosos. Puede ser una contradicción que esos paisajes me gusten tanto como los códigos de barras, pero yo no soy capaz de pintar la estepa”, añadió.
Con una actitud afable, Fischer estuvo dispuesto a brindar un diálogo que permitiera alcanzar los fundamentos de su obra y construcción filosófica, que recorriera desde sus comienzos hasta la actualidad.

Fue el generador del Arte Sociológico ¿Podría explicar cómo surgió esa idea?
Enseñé la sociología del arte en la Sorbona, en los años ’68 y ’70, lo hice teniendo la oportunidad de reflexionar mucho sobre la relación entre artista y sociedad. Como artista encontré la idea de que si la sociología del arte dice cosas interesantes, se podía intentar, al revés, desarrollar un arte sociológico que toma en cuenta lo que dice la sociología. Que toma en cuenta la idea del impacto del arte sobre el público, del valor simbólico del arte, de su funcionamiento político para legitimar a la iglesia o al poder, como se hizo en el pasado.

¿Cuál fue el camino que siguió para llevar adelante su idea?
Junté todas esas preguntas, e intenté desarrollar la teoría de lo que podría ser un arte que sea sociológico, que toma en cuenta la comunicación, de una manera crítica. Entonces desarrollé un método de trabajo, una pedagogía de arte de cuestionamiento y trabajé con medios de comunicación, con vecinos, con arte de personas, de la ciudad. Todas variaciones de exploración de lo que podía ser.

¿Cuál es su perspectiva hoy sobre el tema?
Hoy se puede decir que esa pintura sigue como una pintura sociológica, pero de otra manera. Lo que pasó es que el mundo cambió, y después de Mayo del ’68, se desarrollaba mucho la idea de performance, de compromiso social del artista, de trabajar con los trabajadores y de compromiso político. Y después llegó un momento en el que dije: ‘Es un compromiso que tiene mucho valor, pero no es un lenguaje artístico’. Me encontré con una calle sin salida, porque yo tenía mucho éxito, hacía muchas muestras, pero yo no sabía cómo inventar un lenguaje plástico que sería propio del arte sociológico. Tenía los dispositivos, estaba lleno de comunicación, pero dejé el arte sociológico.

¿Cuándo comenzó su contacto con lo digital?
Tomé contacto con la herramienta digital en el ’83 o ’84, en Canadá. Me dediqué al arte digital, pero con los años, encontré también la idea de esa forma de expresión permite hacer el puente con la comunicación, con los medios, con un público masivo. Sin embargo pierde su capacidad de crítica política, de enfrentamiento, su flexibilidad. Entonces, poco a poco, ha surgido la idea de que yo podría volver a la pintura para hablar del mundo digital.

¿Cómo fue el camino de retorno a la pintura?
Fue bastante difícil, porque yo tengo un perfil de artista de arte digital y se sabe que hay algo como dos planetas que no se hablan: el de los bellas artes y del arte digital. Los dos están en crisis y no se comunican. Fue como irme de mi planeta al otro y asumirlo públicamente. En realidad, tuve dificultad para hacerlo públicamente, entonces lo fui haciendo en secreto. Poco a poco, con la reflexión me tomé la libertad de hacerlo. Ese itinerario me llevó a volver al arte sociológico, porque el arte digital no puede ser mucho un arte de cuestionamiento.

¿Se sentía limitado por la falencia crítica del arte digital?
En el mundo de hoy necesitamos conciencia política, necesitamos cuestionamiento. Hay mucho más de entretenimiento y consumo que de cuestionamiento filosófico sobre el sentido, sobre los valores humanos. Además la pintura me permite redescubrir y afirmar la importancia del humanismo, del ser humano. Es poder afirmar que el ser humano es más importante que la herramienta tecnológica.

¿Cómo se manifiesta en sus obras lo que acaba de plantear?
Cada civilización desarrolla una imagen de su mundo, de sus mitos y lo expresa con un ícono. Me parece que lo íconos de hoy, no están solamente en la iglesias, pero hay que verlos. El mito más eficiente que hay hoy es Dios. Hay que ver y reconocer los mitos y los íconos del mundo de hoy, y es lo que intenté mostrar en mis obras.

¿Considera que al emplear imágenes que son habituales para el público en general favorece la interpretación de sus obras?
Intento construir un lenguaje, quiero decir ciertas cosas, pero también entiendo los límites del artista. Cuando se ve una variación de bolsa en el periódico no se ve con una conciencia crítica. Si yo lo pongo como pintura, hay un distanciamiento y un cuestionamiento sobre el por qué pintar esa cosa muy fea que es una variación de bolsa. Todo eso depende de los códigos de comunicación, de la capacidad del artista para cuestionar de manera eficiente, de la recepción del público, del mal entendido y de la falta de la comunicación. Mi fantasía no es una herramienta para cambiar al mundo, es afirmar la importancia de una subjetividad.

¿El rescate de la subjetividad está relacionado con la valorización de un lugar de resistencia?
Sí, con los límites que tiene, porque es una herramienta de exploración de la imagen del mundo y de comunicación. Lo hago por mí mismo, el arte sociológico para mí fue una aventura personal muy subjetiva, de comprometerme con audacia en situaciones sociales y adversamente políticas, como fueron las dictaduras de aquí y de Brasil. Me liberé personalmente, subjetivamente, de problemas personales. Esto es paradójico cuando hablo de arte sociológico, que lo explique así, que la fantasía del autor es al fin lo que tiene valor, más que método o su pedagogía. Se podría decir que esa es la parte oscura y eso es lo importante. En el arte digital no hay mucho de esto porque todo se programa, todo se controla, más que en el dibujo.

Expresión digital

El filósofo reflexionó sobre el arte digital. “No tiene memoria”, comenzó diciendo Fischer. “Un museo no puede conservar el arte digital. Los costos de mantenimiento son muy elevados. Si algo falla hay que pagarle al artista para venga a resetear la obra y ver por qué no funciona”, detalló Fischer.
“Además, el arte digital no tiene tanta riqueza de programación como la tiene el artista”, afirmó Fischer. “También, con la pintura yo me puedo trasladar de un cuadro a otro con libertad, pero con el arte digital estamos programados. Si quiero ver tengo que apretar el botón indicado”, concluyó.

El Obsequio

Fischer donó un cuadro creado especialmente creado para el Museo Nacional de Bellas Artes de Neuquén. La elección de la temática del cuadro, llamado “Norte Sur”. “Es un discurso sobre la relación norte sur”, explicó al artista. “Se ve como el norte se expande uniforme por el espacio sobre el sur, que se encuentra aprisionado. El sur se deconstruye y tiene además mucha más diversidad, se manifiesta la libertad latina”, describió.
El hemisferio norte es un gran código de barras azul, mientras que el sur es con rojo, aunque hay líneas amarillas y naranjas y algunas de la barras se encuentran torcidas. Éstas últimas simbolizan los mecanismos de adaptación y deconstrucción que sufren los países dominados.
“La deconstrucción significa que somos capaces de sobrevivir. De alguna manera podemos decir que la gente del norte está en situación de depresión total, no saben qué hacer. Pero el argentino sabe bien qué hacer con una crisis económica, tiene formas de resistir y tener creatividad, de proteger ciertas instancias de la vida en este contexto”, afirmó Fischer.

“No soy un artista comercial”


Paradójicamente, las obras de Fischer toman imágenes del mundo financiero, pero ellas no cotizan en bolsa. “Yo no soy un artista comercial. No estoy en el mercado de Wall Street de la pintura”, explicó el pintor.
El aspecto de la no comercialización de su trabajo le permitió al filósofo establecer comparación con la expresión virtual. “El arte digital tampoco tiene un mercado. Tal vez mis obras se pueden quedar aquí o se pueden vender, pero el arte digital no”, señaló Fischer.
“El artista depende totalmente de lo gobiernos o de aquellos que les paguen para hacer una instalación. Pero yo no cotizo en bolsa y puedo pintar sin dinero”, remarcó el artista. Luego agregó: “Además, el arte digital se le atribuye a una sola persona, pero es de muchas, del programador, del sonidista, el que hizo la animación”. Más tarde explicó: “La mediatización del trabajo colectivo finalmente limita. En cambio a la pintura la hice sólo yo con mi creatividad”.
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