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06-12-2009Ciencia y Vida |SOCIEDAD   
Auca Mahuida, el pueblo olvidado
Se creo alrededor de una explotación de combustibles sólidos el siglo pasado. sus pobladores desempolvan la memoria de la historia.
Por Romina Zanellato, Fotos Fabián Ceballos

Auca Mahuida (Enviados Especiales) > El desierto neuquino, que se presenta como un manto interminable en el horizonte de la Ruta Provincial Nº 8, se repite sin cesar y adormece la vista.
Sin embargo, la monotonía del paisaje se interrumpe ante un precario cartel sobre el camino. Sin previo aviso, a 133 kilómetros de Neuquén Capital y 89 Km. antes de Rincón de los Sauces, se descubre un secreto que aún se mantiene en pie, intacto, como si el tiempo se hubiera detenido hace 50 años.
Sobre la ruta, el cartel señala que 10 kilómetros adentro del corazón de la Provincia está Auca Mahuida. Detrás se erige el cerro imponente del mismo nombre.
Sin embargo, la señal no hace referencia a la montaña sino al pueblo que alguna vez existió a sus pies. Durante su esplendor, en 1947, vivían unas 1.500 personas, aunque hoy apenas queda más que un puñado de 20 viviendas. Y ningún habitante.
El pueblo de Auca Mahuida fue el más grande de su zona, cuando Añelo no era más que un paraje y Rincón no estaba en los planes. La mina de asfaltita La Escondida le daba sustento hasta el 22 de agosto de 1947, cuando una explosión seguida de incendio dejó a 15 obreros enterrados en sus túneles. Años después, por la ausencia de la principal fuente laboral, los habitantes comenzaron su éxodo que lo convirtió en un pueblo fantasma.
Hoy, la postal es muy distinta a la de esos tiempos de prosperidad económica donde se producían 80 camiones por día de asfaltita, en los tres turnos de trabajo, donde había más de un centenar de obreros por cada uno. La mina subterránea tenía alrededor de 105 metros de profundidad y 350 de extensión por túneles a distintos niveles del suelo. Cuando explotó, se derrumbaron y hoy se pueden apreciar los surcos que dejaron en la tierra.

El pueblo

En el silencio más absoluto que produce la inmensidad del paisaje, donde sólo hay espacio, kilómetros de bardas y montañas a lo lejos, está el pueblo abandonado de Auca Mahuida.
El viento, el tiempo y algunos animales silvestres son sus únicos habitantes. Como en una película de terror, las casas derrumbadas -algunas sin techos, otras con las paredes caídas-, encierran zumbidos intimidantes de los bichos que hicieron de ellas el hogar que los hombres abandonaron.
La tierra que trae el viento es el único olor, textura y color del lugar. Los loros que graznan desde las ramas de los árboles, los cactus que crecieron entre las casas, las aberturas que se golpean, los antiguos artefactos tirados por las calles y el abandono generan una realidad espeluznante, que eriza la piel.
Es difícil de creer que allí no viva nadie, que es un pueblo abandonado, que no va a salir ninguna persona por la puerta de esas casas.
Las edificaciones se distribuyen en tres grandes grupos. Sobre la avenida están las casas que sirvieron como almacenes de ramos generales, la enfermería, la carnicería y la comisaría con su calabozo, todas incrustadas en la ladera de la barda. Algunas de ellas todavía mantienen sus techos intactos, su revoque y las ladrillones de adobe en perfecto estado. Hay otras que fueron más dañadas por el abandono.
Frente a ellas, sobre la barda, están las oficinas que sirvieron para la empresa Auca Mahuida que explotaba la mina La Escondida. Al lado, la Escuela Nacional Nº 120 que funcionó hasta 1999 como un establecimiento albergue para los niños de parajes cercanos.
A unos pocos metros de distancia está un puñado de viviendas que perteneció a los trabajadores de la empresa. A dos kilómetros de distancia está la mina y los galpones donde funcionaba.

La mina

Los edificios donde se producía y extraía el combustible sólido todavía están firmes en el suelo del Auca Mahuida. Los pozos, de incalculable fondo a simple vista, están dispersos por el terreno. Todavía están tirados los tarros que los mineros llenaban de rafaelita y subían con poleas hacia la superficie, y los rieles del tranvía que llevaba a Barda del Medio los productos que iban hacia las grandes urbes por tren.
Los kilómetros subterráneos de la mina, luego de su explosión e incendio, se derrumbaron dejando un extenso camino donde el terreno cedió y formó un surco como si fuera un canal.
La usina donde se quemaba el mineral, un alto edificio con techo redondeado, permanece distinguido ante las demás edificaciones más pequeñas del pueblo abandonado. Desde los marcos de lo que fueron sus ventanas se puede ver el cerro a lo lejos y el paisaje que se cuela por sus paredes destruidas.
En el norte de Neuquén y sur de Mendoza las reservas de carbón, asfaltita y rafaelita fueron muy explotadas después de los años ’30 por las empresas que extraían combustibles sólidos. Luego de los años ’50 la actividad entró en retroceso por la sustitución del carbón sólido como fuente de energía.
Luego de su explosión y posterior incendio en 1947, la mina cerró y, seis años después, intentaron reabrirla pero fue imposible. Así comenzó el proceso de migración a otras localidades neuquinas.

La responsabilidad del accidente

Neuquén > Pocos registros hay sobre la mina La Escondida y el pueblo de Auca Mahuida. La Universidad Nacional del Comahue (UNCo), a través de su editorial Uncoma, publicó el libro “Historias Secretas del Delito y la Ley” de Susana Debattista, Marcela Debener y Diego Fernando Suárez.
Allí investigaron el incidente que ocurrió el 22 de agosto de 1947 según el fallo judicial que está en los archivos de la Justicia neuquina.
En el libro figura el informe técnico de la Justicia que señala que la culpabilidad en el accidente más trágico de los sucedidos en la minería de la región fue de la empresa.
Este se debió: “a las deficientes instalaciones de seguridad para los obreros que trabajaban en el subsuelo”, señala el libro que cita el fallo judicial. Además, informa que la causa del siniestro podría haber sido un cortocircuito en contacto con las corrientes de gas que había por las grietas de los pozos.
El Senado de la Nación pidió un informe sobre el accidente debido a la repercusión mediática que tuvo. El 29 de septiembre de 1948 se leyó el resultado de la comisión investigadora, la cual responsabilizaba a la empresa por no cumplir con las normas de seguridad industrial para la actividad. “La empresa sostuvo que fue imprudencia de los obreros”, dice el libro.

La vida luego del accidente

Breonilda Retamal nació el 28 de julio de 1940 en el pueblo de Auca Mahuida, allí se crió, se casó con Segundo Antonio Zalazar, dio a luz a ocho hijos y, años después del accidente, se tuvo que mudar porque su marido se fue a trabajar a la mina Pata Mora, a 38 kilómetros al norte de Rincón, en Mendoza.
Con unas pocas fotos sobre la mesa de su casa en Rincón, Breonilda comentó que el reencuentro con gente que vivió en Auca Mahuida le llenó el corazón de alegría. “Hay tantas personas que hace años no veía, que no sabía ni dónde estaban, gente con la que compartí mi vida”, dijo.
Junto a su hijo, Mario Zalazar y su yerno Hugo Santana, están comenzando una movida para proteger el pueblo. “Es muy triste ir y descubrir la escuela de mi niñez toda destruida por los vándalos que van y hacen lo que quieren porque allí no hay nadie que se los impida”, señaló Zalazar.
En tanto, Santana señaló que la intención es que se pueda preservar. “Tal como se hizo con la mina San Eduardo, que fue declarada Monumento Histórico o tal vez reabrir la escuela como un albergue”, dijeron.

Volver al pueblo natal

Rincón de los Sauces > La gente que vivió en Auca Mahuida siente un afecto especial por ese pueblo abandonado, una pasión. Es allí donde pertenecen sus recuerdos de infancia, que ahora no sólo están olvidados por la memoria sino por el paso del tiempo y el vandalismo de anónimos que pasan por allí.
En el cementerio, que está a 3 kilómetros del núcleo de viviendas, están las tumbas de quienes murieron allí y de aquellos que, como último deseo, pidieron ser enterrados en el pueblo abandonado.
Un grupo de personas nacidas o criadas en Auca Mahuida comenzó a organizar encuentros anuales en la mina, los cuales denominaron “Recordando Vivencias”. El fin de semana pasado se llevó a cabo el segundo con el fin de arreglar el cementerio, pero el viento les jugó una mala pasada y no pudieron trabajar.
En el encuentro del sábado y domingo fueron alrededor de 160 personas que vivieron allí en sus momentos de gloria, quienes llevaron a sus parientes para mostrarles el pueblo donde vivieron. Se quedaron a dormir en las viejas casas, realizaron bailes de la tradición –como cuando eran chicos- y fogatas para conversar entre los ex pueblerinos.
Los organizadores son Mario Zalazar y Hugo Santana, el primero nació y vivió hasta sus 12 años en el pueblo, el segundo trabajó durante su adolescencia. Ambos viven en Rincón de los Sauces en la actualidad.



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